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Munda: la última gran batalla de César

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El 17 de marzo del año 45 a.C., en algún punto de la campiña andaluza que los arqueólogos todavía debaten identificar con precisión, se libró la batalla que puso fin a cuatro años de guerra civil romana. En Munda no se enfrentaron dos ejércitos cualquiera: se enfrentaron Julio César, ya dueño de facto de Roma, y los hijos de su gran rival, Pompeyo el Grande, en lo que fue, según los propios cronistas de la época, el combate más duro y sangriento que César libró jamás. Detrás de las cifras de bajas y las maniobras tácticas hay una historia mucho más humana: la de un viejo amigo convertido en el enemigo más temido, la de dos hermanos que heredaron una guerra que no habían empezado, y la de un César que, por primera vez en su carrera, estuvo a punto de perderlo todo.

Una guerra de familia

Cuando Pompeyo Magno murió asesinado en Egipto en el 48 a.C., poco después de su derrota en Farsalia, cualquiera habría dado la guerra civil por terminada. Pero sus dos hijos, Cneo y Sexto Pompeyo, se negaron a rendirse. Refugiados en Hispania —el último bastión donde el nombre de su padre todavía inspiraba lealtades—, lograron reunir un ejército inmenso, reforzado por veteranos, reclutas hispanos y aristócratas romanos que soñaban con restaurar la vieja república frente a lo que ya empezaba a parecer una monarquía disfrazada. Cneo, el mayor, asumió el mando efectivo de la resistencia; Sexto, más joven, permanecería en un segundo plano por el momento, aunque el tiempo le reservaría un papel mucho más destacado en los años siguientes, cuando se convirtiera en el último gran enemigo naval de Roma tras la muerte de César.


El amigo que se convirtió en enemigo

Si hay un personaje que condensa el drama humano de Munda, ese es Tito Labieno. Durante casi una década, Labieno había sido el lugarteniente de mayor confianza de César, su mano derecha en la conquista de las Galias, el hombre en quien delegaba el mando cuando él mismo no podía estar presente. Sin embargo, al estallar la guerra civil en el 49 a.C., Labieno rompió con César y se pasó al bando de Pompeyo, una decisión que los cesarianos nunca le perdonaron y que convirtió su nombre en sinónimo de traición.

En Munda, Labieno luchó como uno de los principales generales pompeyanos, y allí encontró la muerte. Se cuenta que, tras la batalla, César ordenó exhibir públicamente su cabeza, un gesto que decía mucho sobre el rencor personal que aquella deserción todavía le provocaba años después.


El día en que César estuvo a punto de perder

Los relatos antiguos coinciden en algo poco habitual en la carrera de César: el pánico. Frente a un ejército pompeyano que le doblaba en número, y con sus propias tropas dudando ante la ferocidad de la resistencia enemiga, César llegó a desenvainar la espada y a lanzarse él mismo hacia las líneas contrarias, gritando a sus hombres que se avergonzaran de entregar a su general a un grupo de muchachos. Más tarde reconocería, según cuenta la tradición, que había luchado muchas veces por la victoria, pero que en Munda había luchado por su propia vida. No era una batalla más: era, quizá por primera y única vez, un César al borde de la derrota total.

El punto de inflexión llegó cuando las tropas auxiliares de caballería numida, aliadas de César, amenazaron el flanco pompeyano y sembraron la confusión entre sus filas. Lo que había sido un combate agónico y equilibrado se convirtió, a partir de ese momento, en una desbandada: las fuentes hablan de unos treinta mil pompeyanos muertos, entre ellos el propio Cneo Pompeyo, alcanzado poco después mientras huía, mientras que las bajas cesarianas, aunque mucho menores, fueron también las más severas que César había sufrido en toda la guerra civil.



Lo que vino después


La victoria en Munda dejó a César como amo indiscutible del mundo romano, sin rivales militares a la vista y con el camino despejado hacia poderes cada vez más absolutos. Pero aquel triunfo tuvo un precio que ni el propio César llegó a ver del todo: apenas un año después, en los idus de marzo del 44 a.C., un grupo de senadores que temían precisamente esa concentración de poder acabó con su vida a puñaladas en el Senado. Sexto Pompeyo, el hermano superviviente, no desapareció de la escena: reorganizó la resistencia y se convirtió durante años en una amenaza constante para los herederos de César, dominando el Mediterráneo occidental con su flota hasta su derrota final más de una década después. La guerra que había empezado como un enfrentamiento entre dos hombres terminó, así, prolongándose durante toda una generación a través de sus hijos y sus lugartenientes.


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