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Farsalia: el día que Pompeyo perdió Roma


No todas las entradas de Tierra de Conejos transcurren en suelo hispano, pero hay batallas que resulta imposible entender sin ellas: sin Farsalia no habría Munda. El 9 de agosto del 48 a.C., en una llanura de Tesalia, en la Grecia central, se enfrentaron dos hombres que durante años habían sido yerno y suegro, aliados y, finalmente, los dos rivales más poderosos de Roma: Cayo Julio César y Cneo Pompeyo Magno. Lo que allí se decidió no fue solo el destino de un ejército, sino el de toda una generación: los supervivientes de aquella derrota serían quienes, años después, llevarían la guerra hasta el corazón de Hispania y protagonizarían el último acto en Munda.

Dos generales, dos caminos distintos hacia el mismo campo de batalla

Pompeyo llegó a Farsalia con una ventaja aplastante sobre el papel: el doble de infantería que César y una caballería siete veces superior en número. Pero aquella superioridad escondía una fragilidad que los propios historiadores antiguos señalaron con insistencia: Pompeyo no quería aquella batalla. Prefería una guerra de desgaste, cortar los suministros de César y esperar a que el tiempo jugara a su favor. Fueron sus propios oficiales y los senadores que lo acompañaban, impacientes por una victoria rápida y desconfiados de su prudencia, quienes lo empujaron a presentar batalla contra su mejor criterio. Fue, en cierto sentido, la primera derrota de Pompeyo: la de perder el control sobre su propio bando antes incluso de que sonaran las trompetas.

César, por su parte, llegaba en una posición mucho más débil sobre el papel, arrastrando además el peso de una derrota reciente en Dirraquio. Pero su ejército —curtido en años de campaña en las Galias— confiaba en su general de un modo que las legiones de Pompeyo, reclutadas apresuradamente y lideradas por un mando dividido entre generales y senadores con agendas propias, no podían igualar. Antes de la batalla, César recorrió las líneas de su ejército arengando a sus hombres uno a uno, un gesto que sus soldados recordarían durante años.


Un plan sin alternativa

La estrategia de Pompeyo dependía por completo de un único movimiento: que su enorme caballería arrollara a la de César y cayera sobre la retaguardia de sus legiones antes de que su infantería, más veterana pero muy inferior en número, pudiera resistir.

Era un plan razonable dada su ventaja numérica, pero tenía un defecto fatal que los historiadores han señalado desde entonces: no contemplaba ningún plan alternativo si aquel primer golpe fallaba. César, que conocía bien a su antiguo yerno y sus recursos, había previsto precisamente ese movimiento y ocultó tras sus líneas una cuarta línea de infantería escogida, instruida para atacar directamente los rostros de los jinetes enemigos, muchos de ellos jóvenes aristócratas más preocupados por su aspecto que por el combate cuerpo a cuerpo. La caballería de Pompeyo se desmoronó, y con ella, toda su estrategia.


El sacrificio de Cayo Crastino

Entre los nombres que la historia ha rescatado de aquel día destaca el de Cayo Crastino,

un veterano centurión del ejército de César que, según cuenta el propio dictador en sus memorias, pidió permiso para lanzarse el primero contra las líneas enemigas, prometiendo a César su gratitud, vivo o muerto. Crastino cayó en el combate, y César, profundamente afectado, le rindió honores fúnebres extraordinarios, un detalle que revela hasta qué punto la lealtad personal entre un general y sus soldados —tan característica del ejército romano tardorrepublicano— pesaba tanto como cualquier estrategia sobre el terreno.


La huida y el final de Pompeyo

Lo que siguió fue una masacre desigual: las fuentes hablan de varios miles de muertos en el bando pompeyano frente a apenas unos cientos entre los hombres de César. Pero el momento más revelador de aquel día no fue militar, sino humano: Pompeyo, al ver que su caballería se desmoronaba, no se quedó a reorganizar la batalla ni a morir con sus hombres. Se retiró a su tienda y permaneció allí, según los relatos, en un estado de conmoción, hasta que sus propios oficiales lo instaron a huir.

El hombre que había sido durante décadas el mayor general de Roma abandonó el campo antes incluso de que la derrota fuera total.

Pompeyo escapó hacia Egipto buscando refugio, confiando en los lazos que su familia había cultivado con la dinastía ptolemaica. Encontró, en cambio, la traición: los consejeros del joven Ptolomeo XIII, calculando que la cabeza de un enemigo derrotado sería el mejor regalo para congraciarse con César, lo asesinaron nada más desembarcar.

Cuando César llegó a Egipto poco después persiguiendo a su rival, no encontró un enemigo al que vencer, sino su cabeza cercenada, un gesto que, lejos de honrarlo, dicen las fuentes que le produjo genuino pesar por la caída de quien había sido su aliado y yerno.



El camino hacia Hispania

Farsalia no puso fin a la guerra civil, solo cambió su escenario. Muchos oficiales pompeyanos que lograron escapar del desastre huyeron hacia Hispania, donde los hijos supervivientes de Pompeyo, Cneo y Sexto, reorganizarían años después una última resistencia. Aquella cadena de acontecimientos desembocaría, en el 45 a.C., en la batalla de Munda: el capítulo final de una guerra que había comenzado entre dos hombres y que terminaría siendo heredada, con toda su carga de rencor y lealtad, por sus hijos.


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