Cancho Roano: el misterio de un santuario perdido en la tierra de Tartessos
- Jose Luis Rivero Blasco

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En medio de las tierras de Zalamea de la Serena, en la provincia de Badajoz, se encuentra uno de los yacimientos arqueológicos más fascinantes y enigmáticos de la protohistoria peninsular: Cancho Roano.
A simple vista, hoy solo vemos los restos de una construcción de tierra y piedra rodeada por el paisaje extremeño. Pero si retrocedemos más de dos mil quinientos años, el lugar adquiere otra dimensión. Allí se levantaba un complejo monumental relacionado con las culturas tartésica y orientalizante, un espacio cuya verdadera función todavía continúa siendo objeto de debate entre los investigadores.
Cancho Roano no es simplemente un conjunto de ruinas. Es una ventana abierta a una época en la que las comunidades que habitaban el suroeste de la península estaban entrando en contacto con las culturas del Mediterráneo.
Un hallazgo bajo un túmulo
Hasta finales de los años setenta, Cancho Roano no era más que un montículo de tierra en mitad del campo extremeño. Nadie sospechaba lo que ocultaba. Cuando comenzaron las excavaciones, dirigidas por Juan Maluquer de Motes y continuadas durante más de veinte años, fue emergiendo un edificio que no se parecía a nada conocido en la arqueología peninsular de la época: una construcción monumental, de planta cuadrada, orientada hacia donde sale el sol, rodeada por un foso que permanecía inundado de agua.

Lo más sorprendente no fue solo su forma, sino su estado de conservación. El edificio apareció prácticamente intacto hasta la altura del primer piso, algo excepcional en construcciones de más de dos mil quinientos años de antigüedad hechas en adobe y piedra.
Tres edificios, un mismo lugar sagrado
La excavación reveló algo todavía más interesante: bajo el edificio visible había otros dos anteriores, superpuestos como capas de una misma historia. Los arqueólogos los llamaron Cancho Roano A, B y C, del más reciente al más antiguo.

El primero de todos, Cancho Roano C, apenas se conserva, borrado por las construcciones posteriores, pero su sala principal de culto permaneció intacta. Sobre sus ruinas se levantó Cancho Roano B, del que hoy se conservan la fachada principal, tramos de sus muros, parte de las habitaciones perimetrales y una terraza oriental de piedra. Y finalmente, a mediados del siglo VI antes de nuestra era, se construyó Cancho Roano A, el edificio final, el que hoy puede visitarse.
Los tres compartían algo esencial: la misma orientación hacia la salida del sol y la presencia de altares, señal de que aquel lugar fue sagrado durante generaciones, mucho antes de que se levantara el edificio que conocemos.
¿Palacio, santuario o ambas cosas?
Aquí es donde Cancho Roano se vuelve verdaderamente fascinante, porque casi nada sobre su función está resuelto. La comunidad científica lleva décadas dividida entre dos posturas. Unos defienden que fue un santuario, un espacio de culto religioso, apoyándose en los altares hallados en algunas de sus estancias. Otros sostienen que se trataba de un palacio, residencia de una élite aristocrática local que controlaba el territorio y sus rutas comerciales.
Entre ambas posturas ha surgido una tercera vía, quizá la más razonable: hablar de un palacio-santuario, un edificio que combinaba ambas funciones, algo perfectamente coherente con las sociedades protohistóricas del Mediterráneo, donde el poder político y el poder religioso rara vez estaban separados. Sus paralelos arquitectónicos apuntan en esa dirección: se han señalado semejanzas con los palacios-harenes neohititas del norte de Siria y con la arquitectura de los templos etruscos, un recordatorio de que Tarteso no vivía aislado, sino conectado con las grandes corrientes culturales del Mediterráneo oriental.

Una de las hipótesis más llamativas, aunque más discutida, propone incluso que el edificio pudo albergar prácticas de prostitución sagrada en honor a una diosa de la fertilidad, posiblemente Astarté, apoyándose en la presencia de pequeñas estancias similares a celdas y en telares hallados en dos de las habitaciones, que evocarían a las tejedoras rituales de estas divinidades orientales. Es una teoría sugerente, pero conviene tomarla con cautela: en Cancho Roano, cada nueva excavación parece abrir tantas preguntas como respuestas.
Un tesoro del Periodo Orientalizante
Más allá del debate sobre su función, lo que nadie discute es la riqueza de lo que allí se encontró. Cancho Roano ha proporcionado uno de los conjuntos de materiales más importantes del Periodo Orientalizante en toda la Península: arreos de caballo, una estatuilla ecuestre, un juego completo de vasos y recipientes para banquetes con vino, herramientas de hierro, pesas, marfiles y joyas. Todo este ajuar, hoy expuesto en la Sala de Protohistoria del Museo Arqueológico de Badajoz, dibuja el retrato de una élite que vivía rodeada de objetos de prestigio, banquetes rituales y símbolos de poder importados o inspirados en el Mediterráneo oriental.

Quizá el episodio más evocador de la historia de Cancho Roano sea su final. En algún momento anterior al año 370 antes de nuestra era, el edificio fue incendiado deliberadamente y después sellado bajo tierra apisonada, en un ritual de clausura muy similar al practicado por los etruscos con sus propios templos. No fue un abandono cualquiera ni la consecuencia de un ataque: todo apunta a un acto intencionado, casi ceremonial, como si el propio edificio debiera "morir" del mismo modo ritual en que había existido.
Ese incendio, paradójicamente, es lo que nos permite admirarlo hoy: al sellar el edificio bajo tierra, el fuego y la tierra apisonada lo protegieron durante veinticinco siglos, conservando su planta casi intacta hasta que la arqueología lo devolvió a la luz.
Visitar Cancho Roano hoy
El yacimiento es visitable y cuenta con un Centro de Interpretación que ayuda a entender la complejidad de sus tres fases constructivas. Forma parte de la Red de Museos de Identidad de Extremadura y fue declarado Zona Arqueológica en 1989, un reconocimiento a su valor como el conjunto tartésico-turdetano mejor conservado de la Península Ibérica.
Caminar hoy entre sus muros de adobe, junto al foso que antaño estuvo lleno de agua, es acercarse a uno de los capítulos más singulares y menos resueltos de la protohistoria peninsular: el de un pueblo, el tartésico, que dejó en el corazón de Extremadura un edificio que todavía hoy se resiste a revelar del todo su secreto.





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